Escrito en Táriba
Versión 2.1 Mayo 2.005
Por: José Ernesto Becerra Golindano


Presentación
Cada vez se hace mas difícil divulgar la historia, o la crónica si se prefiere, debido a los costos de elaboración y publicación de un libro o un folleto por modesto que sea.
Al decidirme a recopilar algunas historias de Táriba opté por la publicación ocasional de estos temas en una columna que apareció intermitentemente durante pocos años en el Diario de La Nación, que llevaba este mismo título “Escrito en Táriba”, otra en el desaparecido Diario Pueblo (La gente y los hechos en Táriba) y una mas en el Diario Católico (Por las calles de Táriba). También se presentaron trabajos en la tertulia Histórico-Literaria Pacheco Melgarejo, en ya largo receso, y en las sesiones de la Sociedad Bolivariana de Táriba.
Luego, el esfuerzo de adelantar el Proyecto Informático-Educativo del Municipio Cárdenas, prácticamente paralizó la idea de difundir estos modestos trabajos. Cumplido ese ciclo, al disponer de algún tiempo de nuevo, se elige esta modalidad por diferentes razones. Una que pesa mucho es la posibilidad de elaborar todo el material en forma personal, diría que artesanal/digital. Otra es la disminución de los costos. Y quizá la última, la de adelantar en el campo de lo que muy pronto será una realidad archidifundida: el Libro Electrónico, el e-book, que pronto se unirá al ya conocido e-mail y a los no tan conocidos e-busines y e-learning.
Esta es la versión 2.1 del trabajo, la 1.0 y 1.1 fueron las de prueba o evaluación, y a medida que se amplíe el material se entregarán la 3.0, 4.0 o las que Dios quiera
Una última formula que estamos explorando es ésta del "Blog", y que se ha convertido en muy poco tiempo en una herramienta super difundida en la red.
José Ernesto Becerra Golindano


Apuntes Históricos de Táriba

Tomado del Libro Electrónico "Escrito en Táriba",
José Ernesto Becerra Golindano, 2.005


Táriba fue visitada por primera vez por españoles en 1547. Una expedición enviada desde El Tocuyo por el Gobernador Licenciado Juan Pérez de Tolosa recorrió las estribaciones andinas desde las zona de la actual ciudad de Guanare hacia el sur, hasta encontrarse con el Río Apure, allí se detuvieron mientras esperaban autorización de la Corona para continuar, luego remontaron por los ríosl Uribante, Quinimarí y el hoy Río Torbes, hasta llegar a la Depresión Central del Táchira, esto es al Valle de las Ahuyamas, como se denominaba antes de la fundación de San Cristóbal. La expedición constaba en su inicio de 100 hombres, 40 a caballo y 60 a pié, iba bajo las órdenes de Alonso Pérez de Tolosa, hermano del Gobernador, y como segundo jefe, con el cargo de Maestre de Campo, vemos el nombre de Diego de Losada quien 20 años mas tarde fundará la ciudad de Caracas.
En la primera expedición que llega al valle del Torbes, y a ésta Perla del Torbes, en 1547, el contacto con los naturales tuvo dos partes. La primera podría anunciarse como favorable para los aborígenes pues resultaron varios soldados heridos, entre ellos el propio Pérez de Tolosa, además mataron 8 caballos, lo que significaba un serio percance dadas las condiciones de aquellos días.


Detalles del mural en alto relieve “Táriba, la Primogénita del Táchira” (Uribe Quiroga), que recuerda la expedición de Pérez de Tolosa, y que se encuentra en la salida de Táriba hacia San Cristóbal bautizado popular e informalmente como “el mural del caballo”.


La segunda podría considerarse favorable a los españoles quienes ya repuestos de la sorpresa, subieron hacia la zona donde se habían retirado los indígenas en las estribaciones de las montañas, los derrotaron y luego saquearon y quemaron, a manera de escarmiento, las viviendas de los primitivos habitantes del lugar.
El emplazamiento de Táriba antes de la milagrosa renovación de la Imagen de la Virgen de la Consolación era una Encomienda de Indios. Según las Leyes Españolas, se le “encomendaba”, se le asignaba a una determinada persona un grupo de indígenas con sus tierras para convertirlos al catolicismo, organizar su trabajo y en general subordinarlos a la Corona e insertarlos en la cultura del Reino, incluyendo aspectos tan disímiles como el idioma y el pago de impuestos. Lamentablemente al aplicarse esta figura de la encomienda se cometió todo tipo de abusos contra los aborígenes. Cuando se funda San Cristóbal, en 1561, se empiezan a asignar encomiendas a los diferentes fundadores y recién llegados. Los Táribas y algunos vecinos fueron “encomendados” a Luis de Salinas.

Nada se sabe hasta el momento de las actividades que pueda haber realizado este primer encomendero. Casi 4 años mas tarde visita la zona un alto funcionario del gobierno español, proveniente de Bogotá. Este inspecciona, entre otras actividades, las encomiendas y por alguna razón reasigna los Táribas (y vecinos) a otro encomendero.
El segundo encomendero fue Alonso Alvarez de Zamora quien recibe sus títulos con fecha 28 de abril de 1565, y que conservará por mas de 40 años hasta su muerte. Obviamente en aquellos tiempos esta fue una encomienda entre muchas, pero dados los acontecimientos posteriores, es una fecha importante en la Historia de Táriba y digna de considerarse cuando nos preguntamos cuando se fundó esta población.
Los establecimientos indígenas de estas zonas fueron distribuidos en encomiendas después de la fundación de San Cristóbal, en su mayoría eran asentamientos de algunas decenas de chozas. Entre los mas conocidos y poblados de ésta primera época se encuentran la de los Táribas y sus alrededores, con nombres como: Arcabuco, Buruzín, Sebucara, Irutiquea, Nutyquera, Ruiqueya, Aribecas y los Arigaras o Cirigaras.

A los naturales se les bautizaba con nombres “católicos”, pero muchos conservaron a manera de apellido un nombre indígena. Se conserva una lista de pobladores de Táriba en 1602 entre cuyos nombres vemos a Diego Temari, Mariana Sianpaca, Inés Guari, Sebastián Yaretoa, Esteban Guareca, Francisco Quefora, Román Manarí y Rodrigo Anbesique, entre otros..
El origen de Táriba con presencia española es la hacienda de la encomienda de Alonso Alvarez de Zamora, la casa de la familia, los almacenes de productos agrícolas, los depósitos de herramientas, algún modesto cobertizo que sirviera para el catecismo y la misa, y las demás dependencias se encontraban en los terrenos que hoy son la Plaza Bolívar, La Plaza Miranda y la Basílica. A este tipo de lugares llegaban los sacerdotes denominados Curas Doctrineros, quienes reunían a los indios para convertirlos en cristianos y para todos los actos litúrgicos. La ubicación de la casa se debía a las mismas características apreciadas por los primitivos pobladores. Terreno bastante llano, empinados barrancos por el Este y el Sur, que facilitaban la defensa y la cercanía del agua.

Alonso Alvarez de Zamora no vivía permanentemente en la casa de su encomienda. Como ejerció cargos importantes en la Villa de San Cristóbal debemos suponer que tenía casa allí, y por provenir de Pamplona y ser figura importante seguramente residía temporadas en esa ciudad.
Unos diez años después de recibida la encomienda por Alvarez de Zamora llega a ese lugar la imagen que hoy, mas de cuatrocientos años después, se venera en la Basílica. La tradición dice que fue traída por dos sacerdotes agustinos que venían a Táriba a adoctrinar a los indígenas. Al parecer el Torbes estaba crecido y ya se hacía de noche cuando se les ocurrió encomendarse a la Virgen para atravesar. Cortaron una caña brava, amarraron la tablita en un extremo y con esta especie de estandarte se lanzaron al Torbes.
La imagen está pintada en una tablita de madera de 20 cm de ancho por 30 de alto, su espesor varía entre unos 2 cm y tal vez 1,2 cm, es desigual. No se conoce su origen, pero debería ser anterior a 1575 cuando se empezó a representar la imagen de la Consolación con una correa, y ésta no la tiene.

Cuando los Agustinos se introdujeron en la corriente ocurrió el que sería el primer milagro de la Virgen. La imagen iluminó la zona del río donde se adentraban y el caudal y la fuerza del agua se redujeron lo suficiente para pasar sin mayores inconvenientes. Así, portentosamente, llegó Nuestra Señora de la Consolación a su hogar, Táriba. La tablita seguramente fue colocada en alguna especie de altar en la casa de Alvarez de Zamora, y se llevaría al sitio donde se realizaban los actos litúrgicos, regresando a su lugar.
Hay una parte de la historia de la imagen que ha generado cierta controversia. Según alguna tradición la imagen fue robada en algún ataque de aborígenes hostiles, y una mujer relacionada con ese grupo la conservó cuidadosamente algún tiempo hasta que retorno a su casa, la de Alavarez de Zamora. Algunos estudiosos dudan de este pasaje pues en los documentos del último cuarto del siglo XVI no se señalan ataques de indios en esta zona. Si descartamos este episodio no se tendrán noticias de la imagen desde su llegada hasta unos veinte años después.


Mural “Paso del río” en el Boulevard Museo de la Basílica, realizado por Uribe Quiroga


En veinte años no debe sorprender a nadie que una imagen pintada sobre madera se deteriore, se borre casi completamente, y al parecer esto ocurrió con la tablita de la Consolación. Fue prácticamente olvidada en algún lugar de la hacienda. En alguna fecha cercana a 1595, otros afirman que en 1600, se produce la milagrosa renovación de la imagen. Alonso Alvarez de Zamora había casado con Leonor de Colmenares y habían tenido varios hijos que para el momento que se relata estaban en la adolescencia. Los muchachos tenían como compañeros de juegos aquel día, a otros jóvenes que estaban de visita. Jugaban con una pelota que golpeaban con unas tablas y una de éstas se rompió. Para continuar el juego era necesario buscar una tabla parecida a la que se había dañado y uno de los de la casa encontró la relegada tablita donde años atrás se veía la imagen de la Virgen de la Consolación. Quiso darle la forma necesaria golpeándola con un hacha o tal vez un cuchillo y en los primeros golpes retumbó como un tambor. Doña Leonor, alertada por el ruido observó que golpeaban la antigua imagen y lo reclamó. Reprendió a los jóvenes por irrespetar una imagen sagrada señalando que eso era evidente pues tenía guarnición (Una especie de marco).



Mural de Uribe Quiroga en el Boulevard-Museo de la Basílica de La Consolación. Representa a los adolescentes de la familia Colmenares intentando cortar la tablita para su juego de pelota.



Doña Leonor de Colmenares ha hecho llegar su apellido hasta nuestros días. En su época no era de extrañar que algunos hijos usaran el apellido de la madre, de allí que entre los descendientes directos de esta dama se encuentren conocidas familias de Táriba y San Cristóbal como los Colmenares Finol, Colmenares Fossi y Colmenares Bottaro. Esto se conoce gracias a los trabajos de investigación genealógica de un Taribense: Luis Eduardo Pacheco Melgarejo, quien también demostró que entre los descendientes directos de estos personajes se encuentra Francisco de Paula Santander.
Después del fallido intento de los jóvenes, la tabla presenta en su cuarto superior derecho cuatro huellas de hacha o cuchillo. Al rescatarla, Doña Leonor, la llevó a un almacén, granero o despensa donde la colocaría en lugar decoroso y apropiado. Al caer la tarde se vió salir de ese lugar una luz o resplandor lo que les hizo pensar que se trataba de un incendio y los presentes corrieron presurosos a enfrentarlo. Se encontraron con que la luz salía de la tablita, (Recordemos el episodio de los sacerdotes agustinos al atravesar el río 20 años antes), y que la imagen se había renovado. Se dice que la luz duró toda la noche y se percibía desde la zona de Machirí.

Desde esta época infinidad de devotos han ido a Táriba para ver la imagen de Nuestra Señora de la Consolación en su humilde tablita. Pero además de las tradiciones, la devoción de Nuestra Señora de la Consolación tiene por lo menos dos documentos serios y confiables hechos en épocas muy cercanas a la renovación.
El primero de ellos recoge la actividad de Antonio Beltrán de Guevara quien era un Visitador enviado desde el gobierno de Bogotá. Vino en 1602 fundamentalmente a recoger información sobre los especiales sucesos de Táriba. Un Visitador era una especie de Inspector o Supervisor con rango de Juez, y entre las cosas que reportó aparece la existencia de una iglesia pequeña donde se decía misa frecuentemente y que acudía mucha gente desde hace años. Este informe es el primer testimonio oficial escrito sobre la devoción de la Consolación y de él es fácil deducir que sus inicios están en la última década del siglo XVI. En efecto, el testimonio del Visitador expresado en 1602 señala que se dice misa en la capilla “desde hace años” lo cual nos transporta a la última década del siglo anterior.
El segundo se debe a que en 1654 se presenta en Táriba el Visitador Eclesiástico Dr. Juan Ibañez de Iturmendi, enviado por el Arzobispo de Bogotá Fray Cristóbal Torres.

En su informe, al principio, se puede leer: “… por cuanto ha sido informado de muchas personas de toda verdad y crédito, como Dios Nuestro Señor ha obrado y obra muchos y continuos milagros por medio de la Imagen de Nuestra Señora, que se dice y apellida de Táriba …”, continúa luego con una minuciosa relación de los testimonios de personas que recibieron milagros o favores de la Virgen. . De cada entrevista realizada se levanta un acta formal firmada por el visitador, el o los testigos de los milagros y por el notario Juan Antonio de la Fuente Valdez.
Tanto el establecimiento real como el eclesiástico tomaron muy en serio los reportes que deben haber llegado por canales ordinarios o extraordinarios y por ello enviaron a los respectivos visitadores, tal circunstancia nos permite hoy disponer de fuentes de primer orden para estudiar los particulares acontecimientos de finales del siglo XVI y comienzos del XVII.
En 1687 un sacerdote tachirense, nacido en San Cristóbal en 1626 y quien en 1690 sería el primer Obispo nacido en Venezuela (Ese año fue designado Obispo de Santa Marta), regaló el relicario que aún hoy en día guarda la tablita con la Imagen de Nuestra Señora de la Consolación.
Se trata de Monseñor Gregorio Jaimes de Pastrana cuya Biografía nos permite disfrutar de un excelente trabajo del Dr. Aurelio Ferrero Tamayo. Este prelado, no solo regaló el Relicario, también obsequió unos terrenos cercanos a Capacho, con la finalidad de que de su explotación se generaran recursos para financiar los cuidados y mantenimiento de la imagen y su ermita. De allí el nombre de Hato de la Virgen, sin embargo, el siglo pasado se aprobó una legislación que impidió que este usufructo continuase destinado a los cuidados de la devoción.
Por esta misma época, 1690, el Padre Francisco Martínez de Espinoza construyó la Capilla para la Imagen de Nuestra Señora de la Consolación, sustituyendo la modesta y pequeña construcción de principios de siglo. La obra del Padre Martínez se mantuvo hasta 1875, cuando fue destruida por el terremoto de Cúcuta.
Sobre la Imagen de Nuestra Señora de la Consolación en Táriba, y su Relicario

Croquis del Casco Central de Táriba
Para recibir una versión de éste croquis (archivo en Excel, editable),
solicítelo al autor por el correo atariba@cantv.net

El Padre Pedro Nolasco Sánchez fue el 4º Párroco titular de Táriba desde 1859 (ejerció como interino desde Noviembre de 1858), hasta mediados de 1877 cuando falleció. La labor del levita generó una positiva respuesta en la comunidad de esta ciudad.

El párvulo, como se decía hace doscientos años, nació muy probablemente cerca del veintiuno de Enero de 1815, hijo de María de Jesús Devia y José de Jesús Sánchez, sus padrinos: Luciano y Juana Paula Chacón. Algunos datos sobre su origen aparecieron en un periódico de Táriba a finales de 1907. El Tipógrafo, órgano de la Tipografía Torbes, publica una nota con el título de "Datos para la Historia, de los Venerables Curas de Táriba”. Citamos: "En Noviembre de 1858 se encargó como Cura interino el Pbro. Pedro Nolasco Sánchez, natural de 'El Auyamal' (Aldea Fical) de esta jurisdicción."

Lamentablemente no hemos obtenido noticias, sobre la vida de este sacerdote, anteriores al momento en que llega como interino a la parroquia. Táriba, en aquellos tiempos a una hora de camino de San Cristóbal, apenas alcanzaba los límites de lo que hoy se conoce como casco central, esto es, entre las calles 1 y 8, y entre las carreras 1 y 8; con la extensión hacia "El Zulia" por donde salía el camino hacia Palmira, Capacho y Colón. La Iglesia Parroquial había sido edificada por el Padre Francisco Martínez de Espinoza hacia 1690 (en la actual Plaza Miranda), con las lógicas modificaciones y ampliaciones para la época del Padre Sánchez.

El 18 de Mayo de 1875, durante su mandato parroquial, a las once y media de una tranquila mañana, ocurre el llamado terremoto de Cúcuta, que ocasionó severos daños en la mayoría de pueblos tachirenses. En Táriba, aunque hubo pocas víctimas, la población se vio muy afectada pues dos terceras partes de los inmuebles se derrumbaron, entre ellos el Templo.

Sigamos la narración aparecida en un número extraordinario, el 3º, del Boletín Comercial, publicado para distribución gratui­ta entre los clientes y amigos del negocio del Sr. Jose Trinidad Colmenares, Don Trino, el 23 de Septiembre de 1896, con motivo de la exhumación y traslado de los restos del Padre Nolasco. "La gente da pasos inseguros pues la tierra aún se movía con frecuen­cia. Se veía por las calles un hombre venerable, en hábito talar, empolvado y desgreñado, la cabeza descubierta y un crucifijo en la mano, que pasando por los lugares mas peligrosos y acercándose a todos los grupos que encontraba, pronunciaba palabras de alien­to y de perdón, exaltaba a todos a la caridad y daba ejemplo procurando socorro a los mas abatidos. Y conminaba a la muchedum­bre a refugiarse en las plazas donde el peligro era menos; y allí, en medio de una numerosísima concurrencia de pueblo, de todas las edades y sexos, pues el peligro hermanaba y nivelaba las clases verdaderamente, mandó que todos se arrollidaran y descubrieran, y en nombre del Dios de las Misericordias, de quien era ministro, impartió la absolución llamada 'in articulo mor­tis', como si todos se hallaran próximos a morir."

Poco después inició la construcción de una Capilla en donde hoy se encuentra la Plaza Bolívar. La obra, modesta en proporcio­nes y calidad, es la que encuentra el Padre Briceño (sería Monse­ñor años mas tarde), en 1904 cuando llega como párroco de Táriba.

En 1877 durante el mes de Mayo el Padre Pedro Nolasco cumple con sus deberes como Pastor de la Sultana del Torbes (así se le llamaba a fines del siglo pasado a Táriba), pero en los primeros días del mes de Junio las actividades son cumplidas por el Padre Rafael Romualdo Bonilla (También natural de Táriba). El 8 de Junio, a las 8 de la noche, luego de recibir los Santos Sacramen­tos de la Penitencia, Viático y Extremaunción, fallece después de atender la Parroquia durante casi diecinueve años. El día si­guiente, el Padre Bonilla hizo oficios de sepultura eclesiástica cantados por mayor y el cadáver fue conducido al cementerio general de la ciudad.

En Marzo de 1895, el Nº 29 de el Boletín Comercial reseña la constitución de una Junta cuya responsabilidad sería el traslado de los restos del Padre Sánchez a la Iglesia Parroquial. El 3 de Octubre del mismo año, nuevamente el Boletín Comercial, refiere las actividades cumplidas los días 22 y 23 de Septiembre. El 22 una comisión integrada, entre otros, por el Párroco Fabriciano Albornoz, el presidente del Concejo Municipal y el Jefe Civil asistió a la exhumación de los restos (dice el Acta levantada en la ocasión que se reconocieron inmediatamente por la copa que en representación del Cáliz se había colocado). El cortejo que se dirigió a la Iglesia lo iniciaba el ataúd en hombros de señores distinguidos, luego las señoritas Hijas de María en desfile abierto en alas, después "Todo lo demás de la buena sociedad...y el pueblo, el pobre pueblo" (sic). Tomó la palabra en las ex­equias el Doctor Santiago Briceño Ayesterán. El día 23, en una Iglesia ambientada predominantemente con guirnaldas negras y llena "de bote en bote" se llevó a cabo la inhumación, pronun­ciando la oración fúnebre el Padre Vélez.




Nació en Mérida el 2 de Septiembre de 1863, hijo del Dr. Gabriel Briceño y su esposa Doña Berenice Picón, fue bautizado el 8 del mismo mes y año. Sus primeros estudios los realiza en un conocido colegio de su ciudad natal y los eclesiásticos fuera del país debido al Decreto del Presidente Guzman Blanco que cerró los Seminarios. Luego estudia en la Universidad de Los Andes, en Mérida.

Recibe su Ordenación Sacerdotal apenas a los 22 años de edad en la Catedral de Mérida el 6 de Junio de 1886, de manos de Mons. Ramón Lovera, Obispo de la Diócesis (Otra referencia señala como fecha de su ordenación el 3 de Junio de 1886). Por no contar con la edad exigida por los cánones, Monseñor Lovera aprovecha un viaje a Roma para obtener de León XIII un Breve autorizando su ordenación.

Su primer destino es en la propia Catedral como Maestro de Ceremonias. El año siguiente, en Agosto de 1887 fue enviado a la ciudad de La Grita, Vicaría Foránea, donde ejercía su ministerio Monseñor Jesús Manuel Jáuregui, allí se desempeñó como Teniente Cura, Coadjutor y luego como Vicario durante 5 meses en ausencia del titu­lar. El propio Mons. Jáuregui expidió una constancia en la que señala: "...Que el Pbro. Miguel Ignacio Briceño sirvió en esta ciudad...manifestando en todos sus actos Ministeriales verdadero espíritu sacerdotal, y el más asiduo y exacto cumplimiento en los delicados deberes de su cargo."

En Enero de 1889 es nombrado Párroco de Zea, Estado Mérida, en los cinco años que atendió esta Parroquia se hizo merecedor del afecto de sus feligreses. En la obra material se destacan diferentes actividades resumidas en el documento titulado " UN VOTO DE JUSTICIA", este fue redactado por los habitantes del pueblo al despedir a su Párroco que dejaba la población pues había sido trasladado a otro destino, en él se señala "... reedi­ficó parte del Templo, el Cementerio y la Torre, construyó el Presbiterio, refaccionó la casa rectoral; dotó el servicio con muchas escogidas y valiosas imágenes de distintas advocaciones, con un armonium, vasos sagrados y paramentos varios, impartiendo estos beneficios al Templo Parroquial, al de San Simón y a la Capilla del Niño Jesús". Efectivamente, cuando llegó a Zea encon­tró el Templo en ruinas, el cual reconstruyó, y el Cementerio sin tapia, la que hizo construir.

De Europa hizo traer la imagen de la Patrona de la Parro­quia, Nuestra Señora de Las Mercedes, la de Nuestra Señora de Lourdes y la de San Luis Gonzaga. Fundó la Sociedad de Hijas de María y de San Luis de Gonzaga y organizó la Cofradía del Santí­simo Sacramento. Además, logró el establecimiento de dos Escuelas Municipales y dos Federales, coordinó la construcción de una alameda en la Plaza Pública, estableciendo la plazuela "León XIII", y fue factor decisivo en mejoras relacionadas con las vías de comunicación, acequias y calles de la población. Este impre­sionante despliegue de actividad en su primera Parroquia, se mantendrá constante como se verá en los siguientes destinos de Mons. Briceño.

El traslado a Ejido ocurre en Abril de 1894. Nuevamente se ve en la necesidad de reconstruir un Templo, esta vez práctica­mente desde sus bases debido a la destrucción producida por un terremoto, se levantan tres naves, fachada y torres; encarga a los Estados Unidos dos campanas y hace traer del exterior un armonio y la imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Dirige la construcción de una capilla en Pozo Hondo, dedicada a Nuestra Señora de Lourdes y consigue traer de Europa una imagen de esta Virgen. Creó la sociedad Hijas de María y la de San Luis Gonzaga, y el Apostolado de la Oración del Sagrado Corazón de Jesús. Su preocupación por la comunidad vuelve a ponerse de manifiesto en este nuevo destino, funda el Colegio León XIII, crea el Hospital de Caridad y dirige el primer periódico de la ciudad, El Paso, para lo cual trae la primera imprenta de Ejido.

Su presencia sacerdotal en Ejido finaliza en agosto de 1904, leemos en uno de los documentos publicados en su honor: ¨La Gratitud es un sentimiento precioso y delicado, que del mismo modo que vierte sus encantos en el alma, impone sus manifestaciones...Diez años largos de administración sacerdotal, verdaderamente fecunda y engrandecedora, fueron la obra de tan meritorio ministro del Señor, en nuestro medio.¨

Su nuevo destino, y último de sus 71 años como sacerdote, es Táriba, la Perla del Torbes, hogar de la milagrosa imagen de Nuestra Señora de la Consolación. Una vez mas, encuentra la necesidad de dotar a su feligresía de un templo apropiado. El templo construido en el Siglo XVII, había sido destruido en 1875 por el llamado terremoto de Cúcuta y provisionalmente se había erigido otro de muy precarias condiciones, de bahareque y madera, que amenazaba desplomarse. El entonces Padre Briceño, 8º párroco de Táriba, apenas llega abre una suscripción en busca de fondos para el nuevo templo, encarga el plano y el 3 de Octubre de 1904 se inician formalmente los trabajos de la fachada, antes de cumplirse dos meses de su arribo a Táriba. La primera etapa del ejercicio parroquial de este sacerdote está íntimamente relacionada con la construcción de la actual Basílica. El 15 de Agosto de 1905 se bendice la fachada, en Diciembre de 1905 se inician las paredes laterales y en Abril de 1906 se coloca la primera piedra del Presbiterio. También en los primeros días de Abril de 1906 se inician los trabajos de la Cúpula.

El Alarife, maestro constructor o albañil, experto en construcción de templos fue Juan de los Santos Rangel, los obreros eran pagados por Mons. Briceño, por las familias importantes del pueblo y se contaba con la participación de los feligreses que regalaban su trabajo: “...con la cooperación de los fieles que traían piedras, arena y madera enseguida de la misa de los domingos...”[1]

El 26 de Agosto de 1907, por la tarde, se cerró la cúpula al colocar el Maestro Rangel el último ladrillo, en medio de cohetes y regocijo popular. El 28 de Agosto se inicia la estatua de la Virgen que coronaba la cúpula (Destruida por un rayo poco antes de la muerte de Monseñor Briceño) y el escultor José de Jesús Uzcategui la concluye el 24 de Septiembre. Internamente la cúpula fue pintada por León Cabezal. Consistió su obra en la imagen de “una mujer vestida de azul y blanco, subiendo en brazos de espíritus alados, por entre nubes transparentes y blancas como el plumón sedoso de los cisnes “. Así lo describe Tirso de Alba, en El Tipógrafo, periódico de Táriba de la primera década del siglo.

El financiamiento de la obra tuvo diversas fuentes, pero hay un dato que refiere el columnista R.A. Rondón Márquez en artículo publicado a principios de los años sesenta en El Universal de Caracas, donde refiere que el padre Briceño usaba unas latas donde se envasaba el Kerosene a manera de alcancía. Para llenar una lata, con los fuertes de las Salves, empleaba cerca de tres meses, excepto en la época decembrina y en la de Semana Santa, cuando llenaba una lata en un mes; en Agosto, debido a las ferias, lograba llenar tres latas.

En 1908, el 15 de Agosto a las 9 de la mañana, el Vicario Foráneo de la Diócesis, Monseñor Felipe Rincón González, bendijo el Presbiterio, las naves, las capillas y la Sacristía. La celebración contó con la presencia de 9 sacerdotes y personas notables de Táriba y pueblos vecinos. El 14 de Septiembre de 1908 se reinician los trabajos, varias familias asumieron la construcción de 5 columnas que faltaban y la Junta de Fomento del Distrito la de un arco. Para el 12 de Octubre, se terminan las columnas y se adjudican otros arcos, asumiendo la Municipalidad uno de ellos. El 15 de Agosto de 1910 se bendicen el Bautisterio, el 2º coro y el Tabernáculo para el Santísimo.

En esta época, Septiembre de 1910, el Padre Briceño viaja a Nueva Arcadia (Aguas Calientes), por quebrantos de salud. Mientras está en esta población, dirige la construcción de una capilla, su capacidad vuelve a ponerse de manifiesto pues se terminó en tres semanas.

El 19 de Octubre a las 12 del mediodía llegó a Táriba la gran piedra de mármol para el Altar Mayor del Templo. Fue fabricada en los mejores talleres de Génova, Italia, con cuatro columnas de mármol color plomo. Pesaba casi 50 arrobas y vino en barco hasta Maracaibo, por embarcación ligera a través del lago hasta Encontrados, y por ferrocarril hasta La Uracá (cerca de Colón). En esta localidad la recibieron casi cien vecinos de la ciudad de Táriba y sus alrededores, quienes en relevos la trajeron en hombros por los caminos reales de la época hasta su destino final. Había sido donada por el ilustre caballero José Trinidad Colmenares, Don Trino, quien no pudo verlo pues falleció en Maracaibo justo dos años antes, el 19 de Octubre de 1908.

El 12 de Enero de 1911 se produce la solemne consagración del Altar y el Templo, a cargo del Obispo de Mérida Monseñor Antonio Ramón Silva, insertamos la anotación hecha en el Libro de Gobierno de la Parroquia por el propio Padre Briceño: “ Cuando el astro rey escontrábase en su carrera y enviaba sus dorados rayos, dando así hermoso colorido al magnifico cuadro que ostentaba esta Católica población, hizo su entrada en ella, el 11 del corriente, el Iltmo. Señor Obispo Diocesano, en medio del general regocijo que se notaba, apareciendo atareada la ciudad con profusión de arcos, banderas y gallardetes, como pocas veces le habíamos visto. Los colegios, escuelas, y lo más notable hicieron ahí acto de presencia; y fue gratisima la impresión que hizo en el Prelado, al llegar a la Plaza principal y ver la suntuosa fachada de nuestro Templo, coronada con las tres elegantes estatuas, obra del inteligente artista; José de Jesús Uzcategui.

Por la tarde de ese día vimos al Iltmo. Señor Obispo recorrer el interior y escritor de este grandioso edificio, levantado en tan poco tiempo, que asombra a los mismos que lo han visto de la solemne consagración. Todo estaba preparado: las casas en general ostentaban banderas blancas con la imagen de Nuestra Señora de la Consolación y la gloriosa fecha del 13.

Al lado derecho del espacioso atrio, levantóse una preciosa Ermita por la comisión nombrada, para depositar hay las reliquias de los Santos Mártires. Ya las 7 de la noche se trasladó el Iltmo. Señor Obispo con todo el clero reunido, a cantar los solemnes Maitines con Landes, en honor de los Santos Mártires, y luego se trasladaron las reliquias a la Ermita preparada, donde estuvieron en belación hasta la hora que fueron solemnemente conocidas bajo palio al interior de la Iglesia.

Al siguiente día como estaba anunciada, a las 5 a.m., se dio principio a los oficios presididos por el Iltmo. Señor Obispo y se hizo todo de acuerdo con el Ceremonial y Bontifical romano. ¡Que imponente y majestuoso veiase maestro Culto! De todo el Ceremonial de la Iglesia, nos parece que este es el más grandioso al par que significativo ¡Qué de aspersiones y bendiciones, de incensaciones y de uniones!. Todo para indicar al pueblo cristiano, la profunda veneración y respeto que debe tener por el Templo llamado Casa del Señor.

Al abrir sus puertas el sagrado recinto a la hora señalada en el ceremonial para conducir las Santas Reliquias, apareció una gran cruz de ceniza, en forma de equis, de un extremo a otro de la Iglesia y donde el Señor Obispo había inscrito con el báculo los caracteres de los alfabetas griego y latino. A la consagración de a iglesia siguió la del altar mayor; terminada la cual, empezó la solemne Misa pontifical, en la que se ejecuto una del profesor José Luis Batmann, a dos veces instrumentada. La concurrencia fue numerosísima, asistiendo las autoridades civiles y municipales.

Por la tarde predicó el Iltmo. Señor Obispo, acerca de las ceremonias de la Consagración, y tuvo palabras de encomio para la obra del Templo.

Al siguiente día, que era el decimosexto aniversario de la consagración del Iltmo. Señor Silva, celebro por segunda vez en el altar consagrado, de pontifical; y el domingo 15 a las 3 p.m. Se erigió por el mismo Señor Obispo el viacrusis en la Iglesia, conduciendo cada cuadro uno de los caballeros nombrados al efecto. Este alto resultó imponente por la concurrencia, especialmente de señores, que junto con el Señor Obispo, hicieron el piadoso ejercicio.

En las noches del 14 y 15, el “Colegio San José”, la Sociedad infantil “Santa Filomena” y las tres escuelas de las niñas, ofrendaron al Iltmo. Señor Obispo con veladas líricas – literarias.

En el acta de la visita, entre otras cosas dice: “Todo ha sido encontrado en muy buen estado y abundante, por lo cual su Señora da las Gracias, en su propio nombre y a nombre de la Iglesia, al venerable Señor Cura; y tributa merecido elogio, tanto a éste, como a todos los que han cooperado a la construcción y embellecimiento del Templo y a la consecución de todos los ornamentos y demás objetos del culto. Muy complacido se muestra también su Señoría por los obsequios recibidos, y principalmente por las dos veladas artistas que le fueron ofrecidas, etc., etc.

Mas adelante, el 28 de Octubre de 1915, con la respectiva exoneración aduanal del Gobierno Nacional, llegan los Cielos Metálicos desde Filadelfia (USA), y el 19 de Marzo de 1916 se bendicen, pronunciando para la ocasión un excelente sermón el Salesiano Pbro. Juan Soleri.

La dotación y adecuación del nuevo templo demuestra a la vez la calidad de los habitantes de Táriba y el liderazgo ejercido por el Padre Briceño Picón. El Camarín donde se colocó la imagen y el relicario de Nuestra Señora de la Consolación, y el juego de arañas para la iluminación fueron donados por Don José María Cárdenas G., La Capilla de San Antonio[2], con su Altar, Sagrario y piso de mármol fue un regalo del General Antonio José Cárdenas G. Un órgano importado de Italia fue obsequiado por el General Francisco Antonio Colmenares y la Pila Bautismal de Mármol la financió Don Rafael Cárdenas C. El púlpito de madera, gótico, se instaló a expensas de Doña Isabel Chuecos de Colmenares; el púlpito de mármol fue una promesa del Dr. Abigaíl Colmenares.

El emprendedor levita tenía visión futurista, uno de los argumentos que justifican esta afirmación es su previsión al comprar todos los inmuebles de la manzana donde se edificó la iglesia, esto permitió la adecuación de la actual Casa Parroquial concluida en Febrero de 1933. Además hizo construir la Capilla del Cementerio así como su vía de acceso.

Otro de sus logros fue la adquisición de una imprenta y la creación de la Tipografía San José. En ella se imprimió El Lábaro, periódico mensual que circuló bajo su dirección entre 1912 y 1916. Este impreso, en formato de 36 x 25, anunciaba que sus temas serían: Religión, Ciencias, Artes y Variedades. Allí también se preparó el Álbum Católico, que circuló entre 1918 y 1919, y se reimprimieron muchas obras religiosas, entre otras: “El Método para Confesión y Comunión”, “El Mes de San José” y “Documentos para tranquilizar las almas”.

Tuvo participación destacada en el establecimiento del Colegio Salesiano en Táriba. De acuerdo con el excelente relato de Jesús Manuel Díaz González [3], Doña Isabel Chuecos, viuda de Don José Trinidad Colmenares, se propuso cumplir el deseo de su fallecido esposo en el sentido de traer los Salesianos para regentar un Colegio en Táriba. El Padre Briceño fue miembro de la Junta Promotora y, en ocasión de la visita de exploración de los directivos de la Congregación intervino decisivamente en todas las actividades realizadas.

Además de ejercer con gran celo las funciones propias de su ministerio espiritual, participó muy activamente en la vida de la comunidad. Durante años trabajó por la dotación del acueducto, o Caja de Agua, como se le llamaba entonces, insistiendo en la importancia que revestía esta obra para la salud del pueblo. Asimismo, durante largos años, integró la Junta de Educación Municipal, interviniendo apropiadamente y demostrando que consideraba la educación un aspecto fundamental en la vida de las comunidades. Otra de las tantas muestras de sus desvelos por Táriba es su gestión ante el Ministro Dr. José Ignacio Cárdenas, durante el Gobierno del General Gómez, a quien solicitó en conversación realizada en la casa del Dr. Pausalino López Ramírez la construcción de un buen puente sobre el río Torbes y una vía apropiada, para beneficio de Táriba y de las zonas cuyas carreteras y caminos llegaban a la Perla del Torbes. La consecuencia de este pedimento fue el Puente Libertador.

A medida que pasaban los años la salud del Padre Briceño sufrió el deterioro natural, prueba de ello es el Misal para Sacerdotes con deficiencias visuales, que encargó a Europa y que se conserva en el Boulevard Museo de Nuestra Señora de la Consolación. Sin embargo, se sobrepuso a las dolencias físicas y con 93 años celebró su última misa tres días antes de fallecer. Su muerte ocurrió el 8 de Mayo de 1957, a la una y media de la tarde en sus habitaciones de la Casa Parroquial, quienes la presenciaron señalan que, sabiendo llegada su hora, sus ultimas palabras fueron “Ahora si !”, y entregó su alma al creador. Sus restos reposan en el templo, hoy Basílica, por el que tanto trabajó.


[1] SANCHEZ NOGUERA, Tirso (Cronista de la Ciudad). Crónica sobre Táriba y el Distrito Cárdenas. Táriba 1974. p. 29.

[2] El Templo de Nuestra Señora de la Consolación construído bajo la dirección del Padre Briceño tenía por la Nave derecha cuatro Capillas, desde la parte externa hacia el Presbiterio estaban la de San Isidro, la de San Antonio, la del Rosario y la del Nacimiento; por la Nave Derecha encontramos el Bautisterio, la Capilla de Nuestra Señora de Las Mercedes, la de Nuestra Señora del Carmen y la del Calvario. La remodelación que se hizo como consecuencia del incendio de 1960 solo mantuvo el Bautisterio y las Capillas del Nacimiento y El Calvario.

[3]DIAZ GONZALEZ, Jesus Manuel. El Colegio Salesiano “San José”, una luz que se apagó en Táriba.San Cristóbal. 1987. pág.1 a 5.